Del mismo pedigree que Martínez
de Hoz

A pesar de que el precio de la carne está en sus máximos
históricos, la Sociedad Rural y Carbap se niegan a firmar
un acuerdo con el Gobierno. Aspiran a que siga aumentando o, como
mínimo, exigen la eliminación de las retenciones.
Sus dirigentes compran aviones y juegan en política con Sobisch,
López Murphy y Menem.
El quién es quién de los ganaderos
El número no es muy preciso, pero las estimaciones más
serias ubican el stock ganadero argentino entre 50 y 55 millones
de animales. A la mayoría les espera la faena, otros están
destinados a proveer leche y un tercer grupo selecto, exclusivo,
de categoría, lo integran los grandes reproductores. Son
los únicos que pueden exhibir pedigree. Tienen papeles donde
consta su historia y herencia genética, los datos de su madre
y de su padre y los premios obtenidos. Valen miles de pesos. Los
dueños de esos animales son socios de la Sociedad Rural,
única entidad que lleva los registros genealógicos.
No hay organismo estatal ni ningún otro privado que haga
esa tarea. El control de la alcurnia ganadera es exclusivo de una
asociación que fue fundada en 1866 en la casa de José
Martínez de Hoz, bisabuelo de José Alfredo, ministro
de la dictadura y también ex presidente de la centenaria
entidad.
La Sociedad Rural y Carbap, esta última integrada a Confederaciones
Rurales Argentinas (CRA), protagonizaron hace diez días el
insólito episodio de firma y retiro de firma de un acuerdo
con el Gobierno para mantener congelado por un año el precio
de la carne. Cinco días después, el presidente de
SRA, Luciano Miguens, coincidió con el gobernador de Neuquén,
Jorge Sobisch, en sus críticas a las retenciones a las exportaciones
agropecuarias. Fue en un acto que compartieron en esa provincia.
El argumento de los ruralistas para bajarse del convenio, fue que
el Poder Ejecutivo había incumplido un supuesto compromiso
para reducir en ese mismo momento, el impuesto a las ventas al exterior.
Antes de dar ese paso, Hugo Biolcatti, vicepresidente de la Sociedad
Rural, y Mario Llambías, titular de CRA, habían hecho
un trabajo escrupuloso para eliminar del texto del acuerdo cualquier
expresión que tuviera olor, color o sabor a intervencionismo.
Tacharon las palabras “garantizar” y “comprometer”
e intentaron reemplazarlas por frases como “harán sus
mayores esfuerzos” y “procurarán lograr”.
Ambas entidades tienen una posición dogmática en contra
de las regulaciones estatales –salvo en los casos en que les
benefician– y en favor de la libertad de mercado.
Es difícil entender de otro modo su resistencia a un gobierno
que lleva adelante una política económica que les
favorece como nunca. El dólar por arriba de tres pesos les
garantiza rentabilidad, y mucho más con los actuales precios
de la hacienda. El kilo del novillo en pie, por ejemplo, está
en 80 centavos de dólar, contra valores históricos
que oscilaron entre los 60 y 70 centavos, con picos muy buenos de
75. En 2001, antes de la devaluación y pesificación
que revalorizó los campos y licuó las deudas de los
ruralistas, el kilo del novillo estaba en 45 centavos, pero de un
dólar que valía lo mismo que el peso. Es decir, que
mientras antes se llevaban 45 centavos, actualmente obtienen 2,40
pesos. A pesar de ello, se resisten a firmar el acuerdo porque aspiran
a que el precio siga subiendo.
Las ganancias le permitieron a Biolcatti, quien además de
ganadero es un importante productor tambero, comprarse un avión.
El dirigente comentaba días atrás a algunos de sus
colegas su satisfacción por contar con ese aparato. “Gano
horas de vida”, explicó. “En lugar de viajar
siete horas en coche, con el avión llego rápido de
un campo a otro”, se entusiasmó.
En su mayoría, los miembros de la Sociedad Rural viven en
la Capital Federal o la zona norte del conurbano. En los grandes
pisos de Avenida Libertador, en Palermo Chico o en La Horqueta.
Son profesionales, graduados en el exterior y que atienden sus campos
junto con otras inversiones. La estancia es un lugar casi de visita,
de reuniones sociales, de veraneo. Sus campos van desde 1500 a 20.000
hectáreas, aunque para varios analistas es mejor no poner
un techo a sus propiedades para no quedarse cortos. Así ocurre
desde que sacaron la mayor tajada de la conquista del desierto,
que auspiciaron y financiaron. La sede de la entidad se encuentra
en la calle Florida. Tiene el estilo de un palacio europeo, con
mármoles importados y un busto de Martínez de Hoz
(el fundador) en la entrada.
La influencia política de la entidad ha sido determinante
desde su misma creación. Estuvo asociada a las dictaduras,
a los proyectos autoritarios y, más recientemente, al menemismo.
Su dirigencia privilegió la coincidencia ideológica
con el riojano, aunque el tipo de cambio retrasado fuera una espina
dolorosa para sus negocios. Lo principal en aquellos años,
como destacaba su presidente de entonces, Enrique Crotto, era la
aplicación del neoliberalismo sin anestesia, el corrimiento
del Estado y el libre comercio.
Más allá de sus simpatías, la Sociedad Rural
intentó históricamente mostrarse cerca del poder,
infiltrando a los gobiernos con funcionarios propios en el área
de Agricultura. Una de sus armas favoritas de seducción era
el Jockey Club, con el que siempre mantuvo una relación amistosa,
y adonde llevaba a los dirigentes políticos permeables a
sus encantos. Por allí pasaron muchos de los jerarcas de
la dictadura.
El 24 de marzo de 1977, al cumplirse el primer aniversario del
gobierno de Jorge Rafael Videla, la Sociedad Rural publicó
una solicitada en la que expresaba su “adhesión a tan
fausto acontecimiento”. “Las Fuerzas Armadas –seguía–
debieron por fuerza y en contra de sus propios deseos llenar un
vacío de poder. La lucha contra la subversión ha sido
llenada con alto valor y éxito creciente. Se han puesto en
marcha las acciones que conducen a la Argentina a un destino de
orden, progreso y felicidad”. Cada aniversario las solicitadas
iban reduciendo el tono encomiástico, y en el quinto ya no
dijeron nada.
Carbap, la fuerza de choque
Cuando la Sociedad Rural se opone a alguna medida del Palacio de
Hacienda, sus dirigentes intentan mostrarse mesurados y utilizar
un tono académico. Los de Carbap, en cambio, se expresan
de modo feroz. A la Confederación de Asociaciones Rurales
de Buenos Aires y La Pampa le toca jugar el papel de fuerza de choque
de la Sociedad Rural. Pero la mayoría de sus socios son ganaderos
medianos, tienen las mismas aspiraciones y horizontes que los terratenientes
más poderosos. “Son el equivalente al costado conservador
de la clase media de Belgrano y Caballito”, los describió
un analista rural. “Y como tales, son los más gorilas,
los que hacen planteos principistas y que detestan al gobierno de
Kirchner por pura ideología”, agregó.
Analía Quiroga parece el retrato de esa descripción.
Es la vicepresidenta de Carbap y hace diez días dijo por
radio, encolerizada, que “lo que no tiene el Presidente es
materia gris”. Fue en respuesta a la acusación de “avaros”
que Kirchner les había hecho el día anterior a las
entidades agropecuarias que habían retirado su firma del
acuerdo de precios. Quiroga salió en defensa de su entidad
y mostró sus pergaminos. Resaltó, por ejemplo, su
condición de ex pupila del colegio María Auxiliadora
de Santa Rosa, La Pampa.
Los campos de los socios de Carbap tienen entre 300 y 1500 hectáreas.
La mayoría vive en los pueblos cercanos a sus tierras y está
en contacto con el día a día de la producción.
La entidad forma parte de CRA, que nació en 1932 a imagen
y semejanza de la Sociedad Rural, sólo que sin los dobles
apellidos, ni la aristocracia, ni la influencia política
de esta última. Pero es más masiva, ya que agrupa
a federaciones de estancieros de todo el país. Sus asociados
son más de 100.000, contra los 8000 de la Sociedad Rural.
Y en este último caso, el número creció cuando
durante el primer peronismo la entidad hizo una gran campaña
de afiliación para no parecer tan elitista. En esa época
también procuró extender su representación
a nivel nacional, aunque en la práctica es una asociación
de ganaderos bonaerenses. Carbap también apoyó las
dictaduras, aunque supo distanciarse del menemismo a partir de 1995,
cuando la eliminación de las retenciones ya no fue suficiente
para disimular lo costoso que era para los sectores productivos
vivir con el uno a uno. Jorge Aguado, quien fue secretario de Agricultura
de Roberto Viola y gobernador bonaerense con Leopoldo Fortunato
Galtieri, fue un dirigente importante de esta entidad durante muchos
años. Incluso fue su presidente entre 1976 y 1978.
Otro de los dirigentes de peso es Arturo Navarro, quien también
encabezó la entidad y luego pasó a la política
de la mano de Ricardo López Murphy. Actualmente es asesor
del bloque de PRO en la Cámara de Diputados. El también
es un férreo opositor de las retenciones. El problema con
este gravamen no es tanto que le reste una porción de las
superganancias al campo sino que expresa un modelo de intervención
pública que choca con su doctrina liberal.
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